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Necesitamos más abrazos, fuertes, de esos que sanan. Necesitamos abrazos que lleguen hondo, penetren la piel, atraviesen la caja torácica y nos besen el alma.

Cuántos males se curarían si nos atreviésemos a abrazarnos un poco más y nos evitáramos menos.

Yo no quiero que unas manos me den sutiles palmaditas en la espalda, quiero fundirme en la inmensidad de un abrazo y escuchar cómo crujen de alegría mis huesos: desde el estribo hasta el fémur.

Todos anhelamos en algún momento la llama que desprende el calor humano de un ser tan imperfecto como nosotros mismos. Todos queremos que dos brazos extendidos nos reciban en el umbral de la puerta, para guiarnos a un lugar seguro, donde haya calma y cese la tormenta.

Si reconstruyéramos la realidad con abrazos, no habría conflicto inmune a su efecto. Las farmacias acabarían en la ruina, pues no existiría un principio activo más eficaz que el cariño que brinda una caricia en el momento oportuno, cuando se necesita.

Aquellos que rechazan un abrazo, en pos de fortaleza, están maniatados por el oculto deseo de rodear la espalda de un ser tan vulnerable como ellos.

Si abrazas, hazlo fuerte, dejando una huella imborrable en el corazón del destinatario.

Si te abrazan, corresponde apretando tu pecho contra la bondad de un acto tan incondicional, tan sincero… tan humano, como un abrazo.

Diana Fe ©

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