Velázquez_Venus
“Venus del espejo”, Velázquez

No fue una casualidad que la encontrara en un momento íntimo. En el fondo de la sala, sobre una insulsa pared de color salmón, se abría una ventana con los marcos bañados en oro hacia una realidad maravillosa.

Qué goce experimentó al contemplar semejante hermosura. La piel blanca irradiaba luz. Su gesto dormido desprendía ternura. En sus curvas podría perderse el pincel de cualquier pintor. Fue una sensación tan extraña, tan adictiva y placentera, que llegó a cuestionarse si hasta entonces había amado.

Definitivamente era amor aquello que sentía. Un amor tan perfecto y puro que superaba los obstáculos del espacio y el tiempo. Un amor tan dulce e ingenuo que hubiera sido corrompido si acaso sus dedos se hubieran atrevido a rozar el contorno de su cuerpo. Pero la llama de la pasión ya estaba encendida y, como en su día dijo Platón, solo los virtuosos lograban no sucumbir a las bajas pasiones.

Él nunca soñó con la virtud.

“Disculpe señor, está prohibido tocar las obras de arte. Apártese por favor”, le dijo un guardia. Así acabó el idilio.

Al menos pudo comprar una estampa de su amada en la tienda del museo.

Diana Fe ©

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