Mujer a la orilla del mar
“Mujer en la orilla del mar”

La espuma de las olas le acariciaba los dedos de los pies de manera sutil. Sentada en la orilla del mar, contemplaba la puesta de Sol con los ojos entreabiertos. El bajo de la falda se le estaba mojando, pero eso parecía carecer de importancia en aquellos momentos. Cualquier transeúnte que la hubiera visto, habría encontrado la escena de lo más bucólica: una mujer en la orilla, con la piel de porcelana brillando a la luz del ocaso, sentada en la arena con ese aire “je ne sais quoi” del que hablan los franceses. Sin embargo, la realidad interior de la mujer era completamente diferente a la que cualquier observador pudiera percibir. Su estado de ánimo era antagonista al de la belleza que la rodeaba. Aunque pudiera parecer que estaba concentrada en el atardecer, su mente no prestaba atención a la información de la vista, sino que vagaba por recónditas memorias del pasado, intentando encajar todos los recuerdos como si de piezas de un puzle se trataran, para conseguir una imagen clara de sí misma. Hacía tiempo que los esquemas de su personalidad empezaban a desvanecerse y célebres frases como “ser o no ser, esa es la cuestión” o “sólo se que no se nada“, cobraban un sentido especial en aquel punto de su vida. Quizá era la impotencia de no saber por qué se sentía frustrada, por qué una desazón constante le oprimía el pecho cuando nada, absolutamente nada en su vida fallaba. Sabía que debía estar agradecida por lo que tenía, en lugar de refugiarse en una playa sumida en la melancolía cuando ya ni siquiera tenía ganas de llorar. Era como si estuviese alienada, alienada por su propia vida, y cada decisión que había tomado le pesaba sobre sus delgados hombros. Ya no estaba segura de nada e incluso había perdido la certeza de conocerse a sí misma. Llevaba tiempo encontrando un brillo diferente en su mirada cada vez que se contemplaba en el espejo; una señal imperceptible para los demás que sin embargo a ella le daba a entender que algo había cambiado.

Los rayos de la Luna se reflejaban en la marea agitada. En el horizonte oscuro podía vislumbrarse de vez en cuando la luz de un barco. Las estrellas titilaban en el firmamento y algunas luciérnagas bailaban alrededor de las farolas que iluminaban el paseo marítimo. La mujer se había levantado y caminaba por la arena con pasos plomizos. En unas horas, a la noche le sucedería otro amanecer que para muchos sería vulgar, pero para ella cobraría un matiz distinto.

Diana Fe ©

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s