Rosas

“Esta vez dejadme

Ser feliz,

Nada ha pasado a nadie,

No estoy en parte alguna,

Sucede solamente

Que soy feliz

Por los cuatro costados

Del corazón, andando,

Durmiendo o escribiendo.

Qué voy a hacerle, soy feliz.”

Fragmento de “Oda al día feliz” de Pablo Neruda

Alcanzar la felicidad parece ser el culmen de la trayectoria vital y del desarrollo personal del ser humano. Este sentimiento placentero, difícil de definir con exactitud, es el tesoro inmaterial que todos, de una forma u otra, andamos buscando. Sin embargo, a veces se nos escapa que cuanto más ahínco y esfuerzo ponemos en ser felices más difícil nos puede resultar. El filósofo Henry David Thoreau decía que la felicidad era como una mariposa que cuanto más perseguíamos más nos eludía pero, si desviábamos la atención hacia otras cosas, ésta volvería y se posaría en nuestro hombro.

Recientemente me he dado cuenta de que la felicidad es un estado emocional pasajero, un sentimiento fugaz que como empieza también acaba. Agarrarse a ese sentimiento de dicha e intentar estirarlo y perpetuarlo a toda costa durante el resto de la vida, puede llevar al fracaso. Desde un punto de vista evolutivo, la felicidad por sí sola no conduce al progreso de la humanidad. La vida está plagada de desafíos a los que nos tenemos que enfrentar y, en esos casos, hemos de experimentar emociones desagradables (como el miedo, la ira o la tristeza) y lidiar con ellas para poder superar todos los retos que se nos planteen. Ahora bien, la diferencia entre unos y otros, entre quienes afrontan las dificultades con fuerza y optimismo y quienes se abandonan al pesimismo, reside en la interpretación que cada persona hace de lo que le sucede. Un “positivismo exagerado” puede crear una imagen irreal de la vida y las circunstancias de la propia persona. Metafóricamente hablando, sería como colocarse unas gafas de cristal dorado para verlo todo brillante y resplandeciente, obviando los colores y matices que no resultan agradables. Por el contrario, un “positivismo realista” conduce a buscar el lado optimista de las situaciones sin negar la parte no tan reluciente de las mismas.

Pero, si la felicidad no existe en términos absolutos, ¿es posible tener una vida sosegada y placentera? La respuesta es sí. Quizá el problema reside en una confusión de términos lingüísticos a la hora de referirnos a este estado vital que en cierta medida anhelamos. En lugar de denominarlo felicidad, sería más adecuado llamarlo bienestar. Hablar de bienestar implica hacer referencia, por un lado, a unas buenas condiciones físicas, psicológicas y sociales y, por otro, a la capacidad de experimentar un sentimiento de tranquilidad y satisfacción personal derivado de esas condiciones. Los japoneses utilizan el término wabi-sabi para referirse a la belleza de la imperfección; aquella belleza imperfecta, no permanente e incompleta cuyas características desde un plano artístico serían la asimetría, la aspereza, o la sencillez entre otras. Si extrapolamos este concepto estético al campo de la felicidad es posible ganar en bienestar, pues nos permite comprender que todo en esta vida está inmerso en un ciclo natural de crecimiento y decrecimiento, aceptar las imperfecciones y los obstáculos que puedan sobrevenir y fluir en la temporalidad de lo caduco. Ni somos felices todos los días, ni la tristeza dura para siempre y quizá como decía Aristóteles, sea en el término medio donde se encuentre la virtud, en este caso, del bienestar.

Diana Fe ©

2 comentarios en “Sobre la felicidad

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