Cuando uno piensa en viajar a Estados Unidos probablemente imagine pasear por las calles de Manhattan, hacerse una fotografía con el emblemático cartel de Hollywood, casarse en Las Vegas o sentir vértigo al contemplar el Gran Cañón. Pero también es posible llevarse una sorpresa cuando se hace un turismo menos convencional… ¡Eso fue lo que me pasó a mí! Acostumbrada a pensar en Mickey Mouse o en las casas que los famosos se compran en Miami cada vez que oía el nombre Florida, admito que la realidad superó gratamente y con creces a las expectativas que tenía antes de emprender este emocionante viaje. Y como no todos los días se tiene la oportunidad de cruzar el Atlántico, aquí va una entrada especial en el blog a modo de “guía turística” sobre mis experiencias en el Estado Soleado. ¿Me acompañan? 🙂

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Primeras impresiones

El avión inicia su descenso alrededor de las ocho de la tarde. Emocionada, me es imposible despegar la vista de la ventanilla. Desde las alturas, lo que destaca de la península son los terrenos planos (nada que ver con la meseta española), verdes y el agua, muchísima agua. Florida está repletita de canales, lagos y entrantes de agua procedente del Atlántico y del Golfo de México. Una vez que aterrizamos y salimos del aeropuerto (warning! perderse en un aeropuerto como el de Orlando donde incluso hay un hotel en su interior es altamente probable), la sensación de humedad se hace patente e intensifica el calor.

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Del aeropuerto me dirijo al condado de Martin, lugar donde me hospedaré durante los próximos días. Al ser una zona residencial, menos frecuentada por turistas, puedo hacerme una idea más aproximada del estilo de vida americano. En lo primero que me fijo cuando comienza mi travesía de dos horas por las carreteras es en la colorida matrícula de los coches. Sólo llevan una por detrás y además el estilo varía según el estado. También me llama la atención los carteles de las autopistas, bien distintos a los de España. Pero pronto el cansancio acumulado por pasar 13 horas volando y el cambio horario me impiden continuar en estado de vigilia durante el resto del viaje. Para cuando llego a mi destino son ni más ni menos que ¡las cinco de la mañana en España!

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Pequeñas exploraciones

Pasados unos días y ya recuperada del jet-lag empiezo a ser consciente de dónde estoy. No porque en cada esquina vea una bandera de Estados Unidos, sino por la abundante vegetación y fauna exóticas que encuentro a cada paso. Una grulla canadiense me da los buenos días cada mañana y me acompaña mientras tomo café al estilo americano. Me divierte contemplar a los ibis bañarse en el lago que está enfrente de la casa, al pájaro anhinga batir sus alas al sol para secárselas y encontrarme ardillas y lagartijas de lo más variopintas durante mis paseos diarios. La forma de los árboles me fascina, con sus grandes troncos y las raíces que sobresalen del suelo, ¡parecen árboles encantados! También el color de las flores y las plantas colindantes a los ríos y a los lagos.

Miami

Tenía ganas de ir a Miami. No es que fuera la ciudad de mis sueños, pero no podía irme de Florida sin pasar por allí. Para aquellos que tengan dificultad con el inglés si van a Miami podrán despreocuparse por completo. Gran parte de la población es latina o de origen latino y si no fuera porque las señales de tráfico están en inglés, uno podría creer que se encuentra en México o en Cuba en vez de en Estados Unidos.

Aunque no pude recorrer Miami por completo, cabe decir que es una ciudad de contrastes. Los rascacielos típicos de cada downtown americano contrastan con barrios como “Little Havana”, cuyas edificaciones recuerdan a la antigua Habana. Allí se pueden encontrar restaurantes de comida caribeña, tiendas dedicadas a Cuba e incluso santerías. Por extraño que parezca, “Little Havana” se convirtió de inmediato en una de mis zonas predilectas de la ciudad.

Pasamos a un área más chic, Coral Gables. Un vecindario de película, con grandes y bonitas casas rodeadas por una frondosa vegetación. El estilo de la arquitectura es mediterráneo, de hecho sorprende encontrarse calles con nombres como “Valencia” o “Granada”, pero sorprende aún más toparse con una reproducción de la Giralda de Sevilla como parte del hotel Biltmore, un lugar con mucha historia. En Coral Gables también se encuentra The Venetian Pool, la piscina más bonita que jamás haya visto. Sus aguas proceden de un acuífero subterráneo, tiene pequeñas cataratas y está rodeada de palmeras… ¡ideal para refrescarse un poquito!

No nos podemos ir de Miami sin echar un vistazo (de lejos) a las “islas de los famosos”. Star Island, Hibiscus Island y Palm Island son tres islas artificiales en las que se encuentran las mansiones y yates de famosos como Shakira, Julio Iglesias o Justin Bieber. Sólo tres palabras definen este área: lujo, lujo y más lujo.

 Actividades en la naturaleza

A los pocos días de llegar me di cuenta de que la atracción turística más interesante de Florida no es Disney World sino los maravillosos ecosistemas que se pueden encontrar allí. Pasear al atardecer por el puente que atraviesa el río Indio es una actividad perfecta para hacer ejercicio y a la vez deleitarse con la belleza del paisaje. También es posible surcar sus aguas en barco o en kayak ¡Aviso! Las profundidades están llenas de vida y algún manatí despistado puede golpear la canoa. Los manatíes son mamíferos herbívoros que viven en aguas saladas y dulces y, aunque su tamaño pueda intimidar, son muy pacíficos e inofensivos.

Otra opción es ir a la playa, de nuevo recomiendo hacerlo al atardecer. Las puestas de Sol de Florida son impresionantes, parecen sacadas de un catálogo de viajes. Las esponjosas nubes se tiñen de tenues colores anaranjados, rosáceos y azulados y, de vez en cuando, son alumbradas por relámpagos de calor que son luces amarillas centellantes que aparecen en el cielo de improviso. Las playas son estupendas, perfectas para hacer un picnic o dar un paseo por la orilla. También son ideales para darse un chapuzón pues el agua del Atlántico no está demasiado fría. Eso sí, conviene ser precavido y no bajar la guardia ya que se han visto tiburones cerca de la costa…

Un bonito descubrimiento de última hora fue el Green Cay Nature Centre. Un humedal localizado en el condado de Palm Beach que cuenta con más de 100 acres y dispone de un paseo elevado con carteles explicativos acerca de la fauna y la vegetación del lugar. La entrada es gratis y existen altas probabilidades de ver alligators (en la distancia, claro). Una actividad entretenida y didáctica.

 

Llega el momento de regresar a España y una parte de mí no se quiere ir… ¡me queda tanto por ver! Además mis ganas de explorar otros lugares de Estados Unidos se incrementan: “si yo he visitado tan solo la puntita más al este del país… ¿cómo será el resto?”, me pregunto. Al menos como premio de consolación, hago escala en el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York y puedo ver Manhattan desde las alturas… ¿tal vez mi próximo destino?

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Diana Fe ©

2 comentarios en “Florida: “Sunshine State”

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