“La sabiduría es manantial de aguas santificantes, – inclina tu oído y escucha su murmullo fortalecedor; arrodíllate ante sus corrientes y te saturará de gracia bendita, lavará tus pecados y te revestirá de vida limpia y sabia prudencia; rebosará de alegría y paz tu corazón, guiará tus pasos por el camino recto de la inteligencia y del saber, y, con el reflejo de su casta luz, encontrarás al final de tus días tu corona de gloria.”

Chubasco en el desierto, Josephine Powers

La india pesca a orillas del río. Los últimos rayos de Sol brillan  en su piel bronceada, reluciente como el oro. Antes de regresar al poblado la india toma un baño y, tranquila, disfruta de las aguas mansas. En la quietud de una tierra virgen, aún no colonizada, a la luz del crepúsculo el tiempo se para, dormitando en un instante sin premura…

La india espera la llegada de la Luna y guiada por los rayos de la diosa blanca, regresa al poblado donde sus gentes la están esperando.

Al ritmo de los tambores las gentes bailan, invocan a los dioses y veneran las provisiones recaudadas a lo largo del día. Noche estrellada, cielos despejados abiertos al cántico mágico, sagrado…  Después forman un corro alrededor de la hoguera y disfrutan de las historias de antaño recitadas por los viejos sabios. La india se acomoda y pone especial atención a su abuela. La mujer desprende un aura libre e indomable que alumbra a todos los presentes. Abre el corazón a quienes la escuchan, ama y ayuda incondicionalmente a aquellos que lo necesiten y protege lo que es suyo. India quiere parecerse a ella y la anciana lo sabe, por eso, al término de la narración la mujer se quita la pluma que sostiene su pelo. Los cabellos lacios y grisáceos caen en cascada por sus hombros, cubriéndole los senos desnudos. Y las manos arrugadas tienden a unos dedos jóvenes el testigo de la sabiduría, la valentía y la honradez. La india se coloca la pluma en el mismo lado que su abuela, se cogen de las manos y entonan un cántico sagrado…

¡Abiertas quedan las puertas de la sapiencia!

India adquiere fuerza y siente cómo el saber adquirido por sus antepasados circula por sus venas. Su alma se aúpa a los cielos como el ave fénix que despliega sus alas e inmortaliza su huella en el firmamento.

Al mostrarse como la mujer poderosa que es, el poblado se rinde a sus pies para demostrarle un profundo respeto. India se encamina a la hoguera, tiende la mano a las llamas y de ellas surgen fuegos fatuos, luces pálidas que flotan en el aire y vagan por el poblado. Las gentes de la tribu se asustan, los hombres sacan sus arcos y flechas y los niños corren apabullados a refugiarse en los brazos de las madres. Pero la joven no le teme a nada. Recita unas palabras en la lengua sagrada e indica a las luces el camino hacia el bosque. Los espíritus malignos abandonan el poblado, desaparecen en la oscuridad de la maleza, devolviendo la tranquilidad a la tribu.La anciana contempla con orgullo a su nieta, esboza una media sonrisa y asiente con la cabeza. India le devuelve el gesto y anima a sus compañeros a continuar con los festejos.

Los tambores suenan con renovada fuerza en honor a la prudencia y virtud de India.

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A Fita, manantial de cariño y sabiduría

Diana Fe ©

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