campo de primavera Monet
Campo de Primavera. Claude Monet

Un campo inmenso color verde esmeralda plagado de margaritas de colores. Los pétalos rosas, amarillos y violetas brillaban a la luz del crepúsculo en aquella tarde de verano de 1937. Ella corría descalza entre las flores, con la melena al viento y su falda moteada ceñida a la cintura que bailaba al compás de sus caderas. Él también se animó a correr, a perseguirla más bien. La joven reía halagada, acelerando y decelerando la velocidad pero sin dejar que la alcanzara. El joven se detuvo un momento a coger unas margaritas para regalárselas. Con suavidad, arrancó un par y reanudó la marcha. En ese corto período de tiempo, le había sacado una ventaja considerable y ahora, la grácil señorita se perdía entre los arbustos colindantes al lago. Llegó hasta allí jadeando, deseoso de tenerla entre sus brazos y colocarle las florecillas en el pelo. Pensó que le estaría esperando, pero no la vio por los alrededores. “¡Lucía! ¡Lucía!”. No hubo respuesta, ¿estaría escondida? Caminó con cautela, cobijado por las sombras de la maleza. “¿Lucía? ¿Estás ahí?”, silencio. Por un momento, la diversión se tornó en preocupación. Antes de continuar su búsqueda, se acercó a las aguas del lago para refrescarse la cara. Todavía había la suficiente claridad para ver su reflejo. No podía evitar pecar de vanidad. Era plenamente consciente de que sus facciones aniñadas, su tez morena y sus ojos pardos le conferían un atractivo que despertaba cuando menos curiosidad entre la población femenina. Sin embargo, lo que vio en las aguas del lago fue completamente distinto. Una cara pálida y arrugada con profundas ojeras que surcaban sus ojos. La mirada vidriosa e ida, como la de un loco. El ceño fruncido, cejas desiguales, nariz prominente y caída, delimitada por un bigote gris mal recortado. Ni rastro de su carnosa boca, en su lugar, finos y deshidratados labios. Quiso hacer desaparecer esa visión y le dio un manotazo al agua para que se esfumara. Durante unos segundos la imagen se desfiguró, pero cuando las aguas de la orilla volvieron a su quietud inicial, de nuevo apareció aquel rostro. Rabioso, chapoteó en el agua, ensuciándose de barro la camisa y los pantalones, deseoso de borrar esa cara. Ahora entendía por qué Lucía había desaparecido, ¿cómo le iba a querer así?. “¡Desaparece! ¡Desaparece de una vez!”

Oscuridad e incertidumbre. Sus párpados se despegan con dificultad, para devolverle a un mundo tan cotidiano como desconocido. Está sentado en un sillón con las manos aferradas a los reposabrazos. Un salón con suelos de madera, muebles color caoba, fotografías de extraños, cuadros insulsos y un espejo en una esquina, tapado con una sábana. ¿Por qué? No lo sabe, tampoco le importa. Aparece una mujer, ¿quién es? Ah sí, ya la recuerda. Es la sargento, la que le manda todo el tiempo. Le tiende unas pastillas y un vaso de agua. Él sonríe con sorna pero obedece igualmente y se toma ese veneno. Pasa un rato, no sabría decir si fueron minutos, horas o toda una vida. La mujer vuelve a hacer acto de presencia y con el dedo índice apuntando detrás de él y una corta frase, le da una nueva orden “Venga vamos a la cama”. Sujetándole de los brazos le ayuda a levantarse del sillón. Le tiende el bastón, él rehúye ese palo, puede caminar solo, pero entonces se percata de que las piernas le fallan e impulsivamente se lo arrebata a la mujer de las manos. El veneno le está debilitando. Camina hacia la habitación donde la mujer le espera sentada al borde de la cama. Le ayuda a meterse, le arropa bien con el edredón y le da un beso en frente. Apaga la luz y cierra la puerta.

Media noche. Está despierto. Tenía que hacer algo muy importante. Se devana los sesos, quiere saber qué era, pero nada. Otro intento. Cero. Tiene la cabeza vacía, otro efecto de esa droga. Desiste e intenta dormirse. Entonces, ese nombre, esas letras cuya sonoridad es música celestial para sus oídos… Lucía. Tiene que encontrarla, darle las flores, y besarla. Salta de la cama, agarra el bastón y se pone la bata que cuelga del picaporte del armario. Sale a oscuras de la habitación, palpando las paredes. Su mano se topa con una especie de botón. Lo aprieta y se enciende la luz. Se descubre a sí mismo en el comedor. La sábana que cubría el espejo se ha caído y ahora puede verse. Se asoma con cierto reparo… ¡Qué espanto! Otra vez la cara que vio en el lago. Levanta el bastón y amenaza al reflejo con romperlo. No, no debe, no hay tiempo. Pasa de largo y continúa con su tarea. Encuentra la puerta al final del pasillo. Descorre el cerrojo y sale a la calle. Edificios, carreteras y aceras por doquier. Ni rastro del campo de margaritas, ni del lago, ni del verano… hace frío, mucho frío. Camina despacio y desorientado, sin saber a dónde ir. Las calles además de oscuras, están muertas. No hay nadie a quien pueda preguntar por ella. Ha llegado a un cruce. No viene nadie por ningún lado. Atraviesa la carretera por la mitad y al llegar a la acera, descubre un curioso detalle. Entre dos baldosas levantadas, una florecilla rosa se ha abierto paso y ha salido a la luz. Instintivamente se agacha y la coge. Ni los dolores de rodillas, ni de espalda, ni de lumbares le impiden hacerlo. Una ráfaga de ilusión ha llenado su corazón. Lucía está cerca. Sigue andando fatigado, pero feliz, con el tallito de la flor entre sus dedos. A unos metros divisa un puente que atraviesa el lecho seco del río. Allí se detiene a esperarla.

Pasa un rato, ¿pero cuánto tiempo es un rato? En el horizonte ya aparecen los primeros rayos del Sol. Se dibuja una figura en el extremo del puente que camina hacia él. ¡Es Lucía! Viste un pijama granate, debe haberse escapado de casa para ir a verle. Se acerca a él y le toma del brazo.

  • Lucía, ¿dónde has estado este tiempo? Te perseguía en el campo pero te perdí. Mira cogí está flor para ti. – emocionado, le enseña la escuálida florecilla.
  • Papá, no soy Lucía. Soy tu hija Isabel. Me llamo Isabel.
  • ¡Tonterías! ¡Qué ganas tienes de jugar! Yo sé que tú eres mi Lucía.
  • Papá, mamá nos dejó hace tres años. Yo soy tu hija pequeña, Isita como me llamabas, ¿te acuerdas?

No lo entiende. Algo de lo que esa mujer le dice le suena, pero no llega a comprenderlo del todo bien. El alma se le hace añicos y la flor se le escurre de los dedos. Desesperado, busca en los ojos de esa señorita la respuesta y la solución a todos sus miedos, a su soledad y a su incertidumbre. En efecto, es ella, es su niña revoltosa.

  • ¿Qué hago aquí, hija mía? – pregunta al borde del llanto.
  • Tranquilo papá. Volvamos a casa. Creo que los dos necesitamos descansar.

Y aferrado el brazo de su hija, camina de vuelta, por aquellas calles oscuras, desiertas, vacías y tan solitarias como todo su ser.

“El Alzheimer borra la memoria, no los sentimientos” Pasqual Maragall

Diana Fe  ©

5 comentarios en “Imágenes de un amor

  1. Son las doce menos cuarto de la mañana, más o menos, me toca guardia en el recreo del colegio público San Juan de Alhaurín de la Torre (Malaga). Varios niños vienen a avisarme que hay en la tapia del cole un anciano que no habla pero los mira insistentemente. Me acerco a ver qué pasa, no es extraño que alguna madre o padre se asome al recreo de la escuela para ver a su hijo o a su nieto, normalmente los dejamos estar e incluso permitimos que los niños se acerquen y hablen con ellos. En esta ocasión me encuentro con un abuelo, pulcramente vestido, recién duchado, que mira y mira y no dice nada. Me acerco y le pregunto que qué desea, pero no responde, tiene la mirada ida como la del anciano del relato de Diana Fe. Los niños se arremolinan detrás del otro lado de la verja de donde está el abuelo. Le pregunto varias veces, ya extrañado qué quiere y después de mucho rato dice:
    – Quiero ir a mi casa.
    Me doy cuenta que está enfermo. Busco la llave del portón y lo introduzco en el colegio por el patio. No sabe responder a nada. Sólo busca su casa pero no sabe decir donde ni con quien vive. Ni cómo se llama. Está en una fase muy avanzada del alzhéimer. Llamo a la Policía Local y les explico el caso. Mientras ha sucedido todo esto, la hija del anciano, todo sofocada, ha llamado también a la policía diciendo que su padre, con alzhéimer, se le ha escapado de la casa.
    – ¡Acababa de ducharlo y se ha escapado en un momento!.
    El caso es que mi colegio, donde apareció, está a varios Kms. de la urbanización Cortijos del Sol, donde vivía el anciano con su hija y además sin ninguna conexión directa entre los dos lugares.
    No quiero ni pensar las vueltas y revueltas que tiene que haber dado y seguramente el miedo que habrá pasado buscando su casa. Seguramente se dio cuenta que ya estaba a salvo porque cuando lo pasé al despacho de la dirección para esperar a que llegara la policía, se le cayeron dos lágrimas. Antonio creo que se llamaba, pero aunque no se llamara así, para mí era Antonio porque así se llamaba mi hermano, que murió de alzhéimer, hace cinco años, algún tiempo después de que me encontrara este anciano mirando extrañado a los niños y niñas del patio de mi colegio.

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    1. Sólo tengo una palabra para definir este hecho que me cuentas Federico: emocionante.
      El Alzheimer es una de las enfermedades más comunes en la población mayor y a pesar de ello sigue siendo una gran desconocida. Vacía a la persona que la padece de su historia, de su personalidad. Y los familiares, segundos sufridores, se resignan a aceptar con infinita tristeza la “pérdida en vida” de un padre, una madre, un/a abuelo/a o un/a hermano/a. No obstante, estoy convencida de que detrás de las tinieblas mentales conservan la capacidad de reaccionar al contacto humano, por eso, es tan importante demostrarles cariño, ser pacientes con ellos y tenderles una mano a la que puedan agarrarse en los momentos en los que el miedo y la soledad se agudicen.
      Muchas gracias por compartir esta anécdota en el blog.
      Un abrazo

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