Se define la teoría de la mente como la capacidad de los individuos para comprender que otras personas tienen sus propias mentes, con sus propios pensamientos y creencias, que no tienen por qué concordar con los nuestros. Y, según los expertos, una característica esencial para el diagnóstico de algún tipo de trastorno del espectro autista, es la carencia de ésta teoría.

Tengo un dilema, puesto que después de leer “El curioso incidente del perro a medianoche” se me han desmontado todos los esquemas y no paro de hacerme la misma pregunta: ¿Cómo es posible que un niño con asperger haya hecho que me cuestione el sentido común de las personas normales? Es cierto que sin las habilidades sociales que caracterizan al ser humano involucionaríamos, pero, sin necesidad de ser diagnosticado de asperger, no todas las personas tienen el don de la extroversión o ese arranque para “comerse el mundo”. ¿Dónde queda la introspección, el mirarse a uno mismo y saber estar solo? ¿Acaso es malo apartarse del mundanal ruido? Quisiera resaltar el siguiente fragmento del libro:

A veces, durante el día o la noche, tengo uno de mis sueños favoritos. En el sueño, casi todo el mundo sobre la Tierra está muerto, porque han cogido un virus. La gente se contagia por el significado de algo que dice una persona infectada y también por el significado de lo que hace con su cara cuando lo dice (…). Al final no queda nadie en el mundo, excepto gente que no mira a la cara de otras personas, y esas personas son todas especiales como yo. Y les gusta estar solas y apenas las veo nunca. Puedo ir a todas partes del mundo y sé que nadie me hablará o tocará o me hará una pregunta (…). Y entonces encuentro las llaves del coche de alguien y me meto en su coche y conduzco hasta el mar (…). Y me quedo de pie en la orilla, y el agua me moja los zapatos, mientras miro el horizonte (…). Cuando el sueño se acaba estoy muy contento.

En un mundo en el que se premia la agilidad y la valía de una persona se cuenta por los amigos que aglutina en los perfiles de las redes sociales, estoy segura de que a muchos les daría miedo esta ensoñación. Nos educan para ser rápidos, socialmente habilidosos, atractivos, y física y mentalmente capaces de afrontarlo todo. Se maquillan los períodos de crisis y se ocultan las enfermedades. Una persona normal puede caerse, pero en esa caída viene implícita la regla de levantarse. Si te levantas, harás del bache una herida de guerra que mostrarás con orgullo; pero si te quedas, el bache podría convertirse en un estigma. Sin embargo, hay algo que todas las personas normales padecen y que se consiente: la ceguera.

Gracias a Christopher me he dado cuenta de que tenemos una ceguera “sensorial “y “perceptiva” muy grande. Somos insensibles a los pequeños detalles y a las “mindundadas”. Caminamos por la vida de frente y sin mirar a los lados; creyendo que lo vemos todo, cuando en verdad no reparamos en nada. Y la educación que se da a los niños está fundamentada en esta ceguera: más vale llegar a la meta el primero, que disfrutar del camino. De nuevo, me remito a una cita: La gente es perezosa. Nunca miran nada. Hacen lo que se llama “echar un vistazo”, que es como chocar contra algo y continuar sin desviar el camino. Y la información en su cabeza es mínima.

En un capítulo del libro, a Christopher se le van cinco horas hasta que decide subirse a un tren. El ruido de los andenes y las aglomeraciones le apabullan tanto, que solo puede sentarse en un banco, cerrar los ojos y esperar a que pase el noveno tren para decidirse a entrar. La vida a veces se asemeja a esos trenes y en estas situaciones, nosotros nos asemejamos a Christopher.  Porque, aunque a otro nivel, también sentimos miedos que nos paralizan, que nos dejan atrás e interrumpen la consecución de nuestros objetivos.

De este chico especial he aprendido que la normalidad en sí es absurda y que estamos llenos de complejos e incongruencias. Al final, se lleve la etiqueta de normal o de asperger, todas las personas sufrimos y nos desenvolvemos de manera distinta. No existe el ser humano perfecto y lejos de aspirar a la perfección, deberíamos hacerlo al intercambio de singularidades o de particularidades. Si el reto de los chicos como Christopher es esforzarse por comprender la teoría de la mente, el reto de las personas normales sería abrir su mente y dejar de pretender ser tan normal todo el tiempo.

A quienes no hayan leído el libro de Mark Haddon se lo recomiendo encarecidamente.

Diana Fe ©

 

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