Foto Asno de Oro

Con la taza de café entre las manos, Joanna se entretiene mirando cómo la lluvia repiquetea en el alféizar de la ventana. Apenas había podido dormir en toda la noche y, llegadas las cuatro de la madrugada, había resuelto que era mejor poner fin a la lucha con la almohada, aceptar la derrota y aguardar en pie hasta que el despertador sonara. No se sentía en absoluto cansada, de hecho, se notaba más despierta que cuando dormía a pierna suelta. Aburrida sí que estaba, pero ya había asumido que ese era su estado permanente. Harta de la monotonía de la lluvia, Joanna se aparta de la ventana y sin soltar la taza de café, se dirige hacia la estantería del comedor. Un libro la entretendría hasta que dieran las seis e igual, con un poco de suerte, podría ayudarla a conciliar el sueño. Desliza el dedo índice por los lomos de las encuadernaciones buscando un título apetecible. El Asno de Oro capta su atención, ¿por qué lo compraría? ¡Ah, ya se acuerda! Fue uno de los primeros regalos de Jaime. Nunca llegó a leérselo entero, pero una de sus historias la había tenido enganchada durante un tiempo. Entre las primeras páginas encuentra una florecilla seca. Desde pequeña le gustaba utilizar flores silvestres a modo de marca páginas en los libros; encontrar esa flor en particular, despierta un recuerdo en su memoria que le produce mariposas en el estómago. La cogió en una tarde de picnic en el campo con Jaime, justo cuando éste le hizo el regalo que ahora sostenía en sus manos. Fue uno de los momentos más románticos de su vida y teniendo en cuenta cómo marchaba su relación últimamente, quizás sería de los últimos. Se enjugó una lágrima con la manga del pijama y continuó pasando páginas, dejando la flor exactamente en el mismo lugar donde la había encontrado. Llegó a la historia que estaba buscando: Psique y Cupido (IV, 28 – VI, 24). El mito de amor por excelencia, en el que se pone a prueba la confianza y la lealtad de los enamorados. Se acomoda en el sofá, dispuesta a sumergirse una vez más en la lectura, cuando nota que algo se desliza de las páginas del libro y roza levemente su muslo izquierdo. Es un sobre sin nombre ni dirección algunos. No obstante, parece que hay algo en su interior. Joanna levanta la solapa del sobre y extrae  un folio doblado en cuatro partes. Al estirarlo, reconoce la letra de inmediato… ¡Es la de Jaime! Deduce que debe haberla escrito hace relativamente poco porque el papel conserva una blancura impoluta y la tinta está aún fresca. Los latidos de su corazón se revolucionan, a la vez que los pensamientos se le amontonan en la mente, ¿será algo bueno?, ¿será malo?… ¿seré yo la destinataria? Sólo existe una forma de averiguarlo, leyendo.

14 de febrero

Querida Joanna,

Desde hace tiempo la rutina nos viene atrapando en un excesivo sosiego, que amenazaba al principio con ser temporal, pero que ha acabado instalándose en nuestros corazones sin que lo hayamos podido remediar. Admitamos que, impertérritos al paso del tiempo, nos hemos ido distanciando y ya cada uno calienta su lado de la cama – tú el derecho y yo el izquierdo – mientras que en el medio el clima es más propio de Alaska que de dos personas que se aman. Te confieso que si hoy llego más tarde de lo habitual a casa, es porque he decidido quedarme un rato más en la oficina escribiéndote esta carta. Mil perdones por la mentira piadosa que te haya podido contar, más como comprenderás, desvelarte este secreto no podía hasta que no llegara este día. Hecho este espontáneo pareado, procedo a ponerte por escrito por qué me quedo contigo:

No te diré que eres la esposa perfecta porque sé muy bien que no te lo creerás y además, ambos estaremos de acuerdo en que yo tampoco cumplo con el perfil del marido ideal. Más bien soy un hombre del montón que tira hacia lo vulgar, pero que un buen día de marzo, tuvo la extraña suerte de que una atractiva chica se tropezara en su camino, cayendo con tan mala pata que se rompió el tobillo y hubo que llevarla de inmediato al hospital. Cometiste un gran error al darme el teléfono de tu casa porque durante tu período de convalecencia, no hice otra cosa sino molestar a tus pacientes padres para preguntarles como estabas y, así, me busqué le excusa perfecta  para, día sí y día también, escuchar tu voz que me embaucaba. Llegó nuestra primera cita, a la que le sucedió una segunda y una tercera… Fuimos marcando el transcurrir de los días en el calendario y llegados al vigésimo mes decidimos casarnos. A veces me dices que nos apresuramos y que no lo pensamos bien; admito que en parte puede tener sentido, pues casi hipoteco la casa de mis padres y la del vecino con el anillo de compromiso. Sin embargo, siempre he sabido que hice bien en llevarte al altar con tal de poder verte cada mañana al despertar.

Transcurrido el primer año de casados, fue cuando empezamos a conocernos mejor. La convivencia dio paso a las normas y a los pactos: para ti el cuarto de estudio, para mí la buhardilla; tú te saldrías al jardín a fumar y yo me iría a casa de Luis a ver los partidos de la NBA; nada de mascotas y mucho menos exóticas; tú te encargarías de las decoraciones del hogar mientras que a mi cargo correrían las reparaciones… Acatamos todas estas reglas y mimamos nuestra relación como mejor supimos. También nos aguantamos los reproches, contuvimos el llanto, corregimos errores e intentamos curar las heridas del otro. Aun así, soy consciente de que todavía hay una en ti que sigue abierta y palpita por más que el tiempo transcurra, y es haber perdido al bebé que venía en camino. Desde entonces no has querido volverlo a intentar, dices que ya no quieres ser mamá, que te supondría demasiado esfuerzo y que a día de hoy sale muy caro tener otra boca más que alimentar. Tú no te lamentas, ahogas los suspiros apretando fuertemente la mandíbula y sales a la calle a recibir un día más, haciendo gala de la entereza y fortaleza que de ti me enamoraron.

Joanna, no me importa cuántos cambios quieras en tu vida si me permites estar a tu lado. Allá donde quieras irte a vivir yo viviré contigo, todas las experiencias que te apetezca tener estoy dispuesto a experimentarlas contigo y si lo que quieres es dejar las horas pasar sin hacer nada, también así me tendrás contigo. Con cada gesto me enamoras, incluso cuando estás enfadada por algo, consigues gustarme más. Reconozco que a veces te observo, en silencio y sin que te des cuenta. Me gusta mirar cómo peinas tu bonita melena, también cuando te arreglas y haces tu particular desfile por el pasillo para verte en el espejo de cuerpo entero… ¿Te he contado en alguna ocasión que mi beso favorito es el de por las mañanas? Sí, porque sueles dejarme la forma de tus labios tatuada en la mejilla y si no fuera porque tengo que irme a trabajar, no me quitaría esa huella de carmín. Tu rostro ha ido ganando templanza en estos años y aunque te quejes de las arruguillas que la madurez te brinda, has de saber que conservas intacta la mejor de tus armas: la sonrisa.

Quizás te estés preguntando por qué te entrego esta carta el día de los enamorados, tradición que nunca hemos celebrado pues para nosotros es un día habitual, si cabe algo más comercial de lo normal. Sencillamente, no encontré mejor momento y aguardar hasta nuestro aniversario me pareció mucho esperar, para decirte que te quiero cada vez un poquito más y que hoy celebro más que nunca que nuestros caminos se hayan cruzado.

¿Ves todos los motivos que tengo para quedarme contigo?

Con todo mi amor,

Jaime                                                                                                   

Diana Fe ©

 

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