Según la Europol, 10.000 son los niños refugiados en paradero desconocido. Algunos, con suerte, estarán en manos de familiares. Otros, podrían haber caído en las redes de una “infraestructura criminal paneuropea” cuyo objetivo son los refugiados. A la cifra anterior, sumémosle el número de menores que, como el pequeño Aylán, han fallecido en el camino, víctimas de las condiciones infrahumanas en las que emprenden su ardua travesía hacia Europa, buscando la ansiada paz. Sin embargo, aquí no acaba el sumatorio; incrementemos aún más la cifra añadiendo el número de niños que no consiguieron abandonar Siria porque un atentado truncó su oportunidad o porque el hambre (como ocurre en Madaya) les arrebató la vida.

Ahora, formulemos la operación opuesta: una resta. El pasado verano Europa se comprometió a acoger en torno a 120.000 refugiados, tratando de dotar de mayor flexibilidad a las políticas migratorias y adecuando centros para su alojamiento. Pero tras los fatídicos sucesos en París en noviembre y las agresiones sexuales a mujeres que un grupo de extranjeros acometió en Alemania en Nochevieja, han saltado las alarmas y se ha dado un paso atrás en esa oleada de puertas abiertas y solidaridad hacia el colectivo sirio, que huye despavorido. La canciller alemana Angela Merkel, tiene una delicada situación entre manos: por una parte, proteger y garantizar la seguridad a la Nación que representa y, por otra, hacer frente al compromiso de dar asilo a los 31.443 refugiados que, en su día, prometió acoger. El tiempo dirá si consigue salir airosa de este percal.

Definitivamente, las cuentas no salen. Asistimos desconcertados a un conjunto de idas y venidas en la forma de proceder de los políticos que, lamentablemente, se traducen en sumas y restas de algo muy preciado, las vidas humanas, manejadas como si de simples cifras se tratara. Como de costumbre, el colectivo más vulnerable son los niños. Su infancia se ve marcada por el dolor y la pérdida, sufriendo abusos de toda clase. Son víctimas de un silencioso genocidio a nivel mundial que resulta de dos factores que en absoluto nos resultan ajenos. El primero, la división del globo terráqueo en dos mundos sin fronteras físicas: desarrollado y “en vías de desarrollo”. El segundo, la pasividad de quienes, conocedores de semejante desigualdad y con potestad para erradicarla, no implementan las acciones adecuadas, ni lo harán si junto a la cifra “humana” rescatada, no aparece otra cifra en positivo acompañada del símbolo del dólar o del euro.

Despertemos de la aparente ingenuidad en la que estamos inmersos y enfrentémonos a la cruda realidad. Cómo vamos a pretender que las crisis humanitarias y las penurias de otros no nos afecten, si gran parte de la riqueza de los países en los que vivimos, resulta de la pobreza, la explotación y la miseria de los que otros huyen.

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Diana Fe ©

 

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