Camina por tierras desoladas. En las noches de Luna llena, sube a las ramas de un ciprés para avistar estrellas fugaces. Cuando el Sol se acuesta, se asoma a las rocas del acantilado, y, acompañada de los rugidos del mar embravecido, espera paciente hasta ver escondido el último haz de luz. Las lenguas afiladas de quienes la conocen, dicen que no es un alma, sino una bestia la que habita en sus entrañas. Su indescriptible belleza y el candor de su rostro, contrastan con los ademanes salvajes que demuestra.

Ajena a los comentarios, o fingiendo no darse por aludida, ella se mantiene indomable y va adonde la lleve el aire. A los ángeles de piedra, guardianes del camposanto, acude a susurrar sus lamentos, y cuando no puede hacerlo, la pluma y el papel le aportan consuelo. A la trémula luz de las velas escribe un sueño que a menudo aflora cuando su consciencia dormita. Es ella, encaramada a uno de los pináculos de la más alta catedral. Puede ver el mundo desde arriba, se siente plena. El vacío que la invade desaparece e iluminada por los plateados rayos de luna que se reflejan en el rosetón de cristal, ríe a carcajadas, porque ya no teme a nada, ni a nadie.

A pesar de tan notoria locura, muchos han sido los valientes que se han acercado a pedir su mano. Indoblegable donde las haya, aquellos ingenuos tenían suerte si les concedía un minuto de su atención. Sin embargo, bajo esa coraza de hierro y  tras su gélido carácter, había un corazón palpitante, cuyas ganas de amar apasionadamente podían derretir un glaciar entero. Era el sentimiento de desesperanza por encontrar el amor verdadero lo que cada día la consumía por dentro. Sólo el aroma de la lluvia, sentir las gotas sobre su piel y experimentar la fiereza de la tormenta al descargar en el cielo, aliviaban la desazón del desamor.

La naturaleza era su mayor refugio. A la intemperie vagó hasta encontrar una hermosa y deshabitada playa. Con el vestido hecho jirones se sumergió en el agua. La espuma recogió su cuerpo débil, tratándolo con delicadeza.  Las olas la mecieron entre vaivenes, trayéndola poco a poco hasta dónde yo estaba. Durante toda la noche, cobijé en mis brazos a la musa que había emergido de la marejada. Besé cada parte de su piel perlada de gotitas de mar. Abrió los ojos con la llegada del alba. Su mirada, de azul profundo como el océano del que había surgido, despertó en mi cuerpo una emoción que nunca antes había sentido. Rozó mi rostro con el dorso de su mano mientras se incorporaba, empujándome suavemente para que me alejara de ella. Recuerdo cómo los ojos se le encharcaron en lágrimas, mientras sus labios brillantes por la sal, pronunciaban un adiós inaudible. Continuó su camino por la playa, perdiéndose en los bancos de niebla de la mañana, dejándome solo y desconcertado.

No tuvo piedad. Me condenó a la obsesión y a interminables noches de insomnio. La desprecio tanto por su desconsideración, como la amo y me atormento a mí mismo en esta sinrazón. Estoy irremediablemente abocado a buscarla allá adonde vaya. Quiero saber quién es el culpable, aquel que le hizo ese daño que la carcome por dentro y le impide amarme. Yo podría devolverle la alegría que en su día le arrebataron. A mi lado sanarían todas las heridas de su alma y juntos, nos liberaríamos de nuestras cadenas y nuestros tormentos. Volaríamos libres, como aves rapaces que surcan el cielo, para así, en lo más alto del firmamento, consumar nuestros sueños.

Antes de que la pena haga trizas mi ilusión, imploro a Dios su vuelta. Que vuelva, Señor, que vuelva pronto… por favor.

Inspirado en el movimiento literario “Sturm und Drang”, que surgió en Alemania en el siglo XVIII

Diana Fe ©

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