El cielo tintado de sublimes tonos naranjas, se fundía con el dorado campo de trigo en la línea del horizonte. Era una mañana otoñal más, en la que Josefina  se levantaba temprano para preparar el desayuno para ella y su marido. Se abrigó con la bata que colgaba de un perchero elaborado artesanalmente con madera de roble, regalo por sus bodas de plata, y después se colocó la gastada dentadura que había tenido en remojo durante la noche en un vasito de cristal.

Con cuidado, pero no con mucho más del habitual, bajó la incómoda escalera que unía la primera planta donde estaba su dormitorio, con el vestíbulo. Ya en la cocina, encendió el fuego de la lumbre y mientras ponía agua a hervir para el té, sintonizó RNE. Le costaba seguir los debates y las noticias que los locutores retransmitían, pero necesitaba tener ese sonido tan familiar de fondo, que le evocaba momentos de un pasado cada vez más lejano. Justo cuando dieron las ocho en punto por la radio, saltaron las tostadas y la tetera empezó a emitir un silbido, anunciando que el agua ya estaba lista. Detalles como este, y algún que otro cotilleo con las vecinas más veteranas del pueblo, eran de las pequeñas cosas que armonizaban la rutina de Josefina. Dos minutos más tarde, la mesa ya estaba puesta. Federico entró lentamente en la cocina, aferrado a su bastón. Antes de sentarse, dio un sutil beso a su mujer en los labios, uno de esos besos que se aprecian más por su significado que por el contacto físico. Después, los ancianos se sentaron uno enfrente del otro y comenzaron a desayunar. Era miércoles, pero podría haber sido  cualquier otro día lectivo, ya que esta escena, se había repetido desde que, recién casados, se trasladaran a ese recóndito pueblo. Por aquellos tiempos, se levantaban antes; Federico trabajaba en el campo y Josefina se iba a la escuela donde ejercía de maestra. Aunque las cosas habían cambiado bastante, conservar esos pequeños hábitos avivaba la chispa del cariño y la amistad que sentían el uno por el otro. Porque a esas edades tan avanzadas, y por acuerdo mutuo, había quedado establecido que en su relación  apenas quedaba resquicio de pasión y enamoramiento, pero sí que abundaba – y esto ya no por decreto – confianza y respeto.

Media hora más tarde, Josefina estaba recogiendo la cocina, cuando Lula apareció por la puerta. Era una perrita mestiza, a la que los años le habían pasado factura. Acababa de levantarse y ya jadeaba del cansancio que le suponía ir desde el salón hasta allí. <<Esta casa está llena de viejos, ¿verdad que sí Luli? Ni siquiera a ti el tiempo te perdona>>. Josefina le acercó los cuencos de agua y comida para que no se fatigara aun más. Sin embargo, la cansada perrita, no se iba a librar de su corto paseo de las mañanas con Federico,  quien iba a por el periódico  y a comprar lo que hiciera falta en la antigua tienda de ultramarinos. Desde su jubilación, colaborar en las tareas domésticas y sacar a la anciana Lula  eran sus principales cometidos.

Como siempre, Josefina salió al porche para despedirlos hasta que regresaran de su pequeña aventura. Les siguió con la mirada hasta que doblaron la esquina de la calle. Caminaban despacio, a un ritmo acompasado, bajo un cielo ahora azul e impoluto, iluminados por los finos rayos de sol, en una apetecible y fresca mañana de principios de octubre.

Diana Fe ©

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